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| Dr. Bigirwa, director de Namulonge Agriculture Research Center, Kampala, Uganda; le explica a James B. Baba, embajador de Uganda en Japón, el experimento Nerica (New Rice for Africa). |
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WASHINGTON DC (Foreign Policy). La agricultura, de pronto, ha vuelto a ponerse de moda. La que fue ignorada en otros tiempos por los expertos en desarrollo, es hoy un área candente entre los especialistas que saben más de ajustes estructurales que de rotación de los cultivos. Unos precios sin precedentes del trigo, el maíz y el arroz hacen que muchos consideren a los agricultores un elemento esencial del crecimiento económico en los países pobres y una solución a la inestabilidad política que esa inflación ha causado en todas partes, desde África occidental hasta Bangladesh. Pero los investigadores deben asegurarse de sacar las lecciones apropiadas de los Estados que ya están cosechando éxitos.
Véase el caso de Uganda. Su producción de arroz ha aumentado 2,5 veces desde 2004, según el ministerio de Comercio. Se espera que este año alcance nada menos que 180.000 toneladas métricas, frente a 135.000 en 2006 y 102.000 en 2005. Mientras tanto, el consumo de este cereal que ha sido comprado en el exterior descendió a la mitad sólo entre 2004 y 2005, igual que entre 2005 y 2007.
Los importadores de Uganda, al ver el cambio de situación, han invertido en la construcción de nuevas plantas en todo el país, lo cual ha aumentado el empleo y ha generado una rivalidad por obtener la mayor producción, con lo que los precios se han suavizado. Las nuevas fábricas, además, han reducido el coste de llevar el arroz nacional al mercado. Mientras los habitantes de los países en vías de desarrollo de todo el mundo protestan por el pronunciado aumento de los precios de los alimentos, los ugandeses siguen pagando por este producto más o menos lo mismo que siempre. Y el país africano tiene previsto empezar a exportar este cereal dentro de África oriental y más allá.
¿El secreto del éxito de Uganda? Ignorar años y años de malos consejos de Occidente.
En los '90, los gobiernos africanos redujeron o eliminaron los aranceles sobre el arroz importado a instancias del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y varios economistas influyentes partidarios del libre mercado. Se suponía que los países ricos devolverían la moneda disminuyendo los subsidios a sus agricultores. Pero no fue así. En respuesta, unos cuantos Estados africanos han elevado los impuestos que gravan el arroz procedente del exterior, con lo que han infringido un principio fundamental del comercio neoliberal. Se supone que el proteccionismo es malo, tan malo que los asesores internacionales llevan decenios convenciendo a los gobiernos africanos de que abran sus mercados todo lo posible a las importaciones.
Uno de los líderes de la revolución del arroz en Uganda es Gilbert Bukenya, vicepresidente del país y el principal defensor de la comercialización de la agricultura. Le conocí en su casa a orillas del Lago Victoria, donde me expuso su filosofía básica. “Si practican una agricultura más inteligente, los ugandeses no sólo pueden cultivar más, sino ganar más dinero”, me dijo. Defiende la autosuficiencia alimentaria y quiere que los ciudadanos coman más arroz local, porque eso impulsaría a los agricultores y procesadores nacionales y liberaría dinero para poder emplearlo con otros fines. Bukenya lleva mucho tiempo promoviendo un nuevo arroz africano que crece en las tierras altas (en vez de en los arrozales húmedos) y necesita menos agua.
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