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| Osama bin Laden, el gran enemigo necesario. |
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WASHINGTON DC (Foreign Affairs). Menos de 12 horas después de los ataques del 11-S, George W. Bush anunció el inicio de una guerra global contra el terrorismo. Desde entonces ha habido un intenso debate sobre cómo ganarla. Bush y sus partidarios hacen hincapié en la necesidad de pasar a la ofensiva en contra de los terroristas, desplegar la fuerza militar estadounidense, promover la democracia en Medio Oriente y otorgar amplios poderes de guerra al comandante en jefe. Sus detractores ponen en duda la noción misma de una "guerra contra el terrorismo" o se concentran en la necesidad de librarla de otra manera.
La mayoría de los demócratas más destacados acepta que es necesario utilizar la fuerza en algunos casos pero sostiene que el éxito se obtendrá restableciendo la autoridad moral y el atractivo ideológico de Estados Unidos, ejerciendo una mayor y más acertada diplomacia e intensificando la cooperación con sus principales aliados. Sostienen que el enfoque de Bush en la guerra contra el terrorismo ha engendrado más terroristas de los que ha eliminado, y que ello continuará así a menos que Estados Unidos cambie radicalmente de rumbo.
En este debate está ausente casi por completo el concepto de cómo sería realmente la "victoria" en la guerra contra el terrorismo. La idea tradicional de ganar una guerra es bastante clara: derrotar al enemigo en el campo de batalla y obligarlo a aceptar condiciones políticas. Pero ¿cómo será la victoria -- o la derrota -- en una guerra contra el terrorismo? ¿Terminará alguna vez esta clase de guerra? ¿Cuánto tiempo durará? ¿Veremos llegar la victoria? ¿La reconoceremos cuando llegue?
Es esencial empezar a pensar con seriedad en estas preguntas, ya que es imposible ganar una guerra si no se sabe cuál es su objetivo. Una ponderación de los posibles resultados de la guerra contra el terrorismo revela que ésta sí puede ganarse, pero sólo si se reconoce que se trata de un tipo de guerra nuevo y diferente. La victoria no llegará cuando líderes extranjeros acepten ciertas condiciones, sino cuando los cambios políticos desgasten y, en última instancia, socaven el apoyo a la ideología y la estrategia de quienes están decididos a destruir a Estados Unidos.
No llegará cuando Washington y sus aliados maten o capturen a todos los terroristas, o terroristas en potencia, sino cuando la ideología que éstos apoyan quede desacreditada, cuando se haya visto que sus tácticas han fracasado y cuando lleguen a encontrar vías más prometedoras hacia la dignidad, el respeto y las oportunidades que anhelan. Esto no significará la total eliminación de cualquier posible amenaza terrorista -- buscar ese objetivo conducirá casi con seguridad a más terrorismo, no menos -- , sino más bien la reducción del riesgo del terrorismo hasta un nivel que no afecte de manera significativa la vida cotidiana de los ciudadanos comunes y corrientes, que no mantenga preocupadas sus mentes o provoque una reacción excesiva.
En ese momento, incluso los terroristas serán conscientes de la inutilidad de su violencia. Tener en mente esta visión de la victoria no sólo impedirá grandes sufrimientos, costos y problemas; también guiará a los líderes hacia las políticas que ocasionarán tal victoria.
LA ÚLTIMA GUERRA
Uno de los pocos pronósticos que pueden hacerse con cierta confianza sobre la guerra contra el terrorismo es que terminará... todas las guerras finalmente lo hacen. Este comentario puede parecer frívolo, pero se basa en una razón de peso: los factores que impulsan la política internacional son tan numerosos y tan inestables que ningún sistema o conflicto político puede durar para siempre.
Así, algunas guerras llegan pronto a su fin (la Guerra Anglo-Zanzíbar de 1896 es célebre por haber durado 45 minutos), y otras son prolongadas (la Guerra de los Cien Años se extendió durante 116 años). Algunas terminan relativamente bien (la Segunda Guerra Mundial sentó las bases para una paz y una prosperidad duraderas), y algunas conducen a otra catástrofe (la Primera Guerra Mundial). Sin embargo, todas terminaron, de una u otra forma, y es un deber para quienes las sobrevivieron imaginar cómo podría haberse acelerado y mejorado su conclusión.
En lo que se refiere a la guerra contra el terrorismo, algunas de las enseñanzas más instructivas pueden extraerse de la experiencia de la Guerra Fría, llamada así porque, al igual que la guerra contra el terrorismo, no fue en realidad una guerra. Si bien el desafío actual no es idéntico al de la Guerra Fría, sus similitudes -- como luchas multidimensionales de larga duración contra ideologías insidiosas y violentas -- apuntan a que hay mucho que aprender de esta experiencia reciente y exitosa.
Así como la Guerra Fría concluyó sólo cuando uno de los bandos renunció en lo esencial a su ideología fracasada, la batalla contra el terrorismo islamista se ganará cuando la ideología que la sustenta pierda su atractivo. La Guerra Fría no terminó con la ocupación del Kremlin por parte de las fuerzas estadounidenses, sino cuando el titular del Kremlin abandonó la contienda; el pueblo que éste gobernaba había dejado de creer en la ideología por la que se suponía que luchaban.
La Guerra Fría es también un ejemplo excelente de una guerra que acabó en un momento y en una forma que la mayoría de gente que la experimentó no pudo prever... e incluso había dejado de intentarlo. Si bien durante la primera década más o menos la perspectiva de la victoria, la derrota o incluso de la guerra nuclear concentró las mentes en cómo podría terminar la Guerra Fría, a mediados de la década de 1960 casi todos, mandatarios y ciudadanos por igual, habían empezado a perder de vista la posibilidad de que llegara a un final. En cambio, de mala gana empezaron a concentrarse en lo que llegó a conocerse como la coexistencia pacífica.
La política de distensión, iniciada en los '60 y continuada a lo largo de los '70, suele identificarse en retrospectiva como una estrategia diferente para llevar la Guerra Fría a su término. Pero, en realidad, la distensión representó más un signo de resignación ante la duración esperada de aquélla que una forma alternativa de concluirla. El objetivo primordial fue hacerla menos peligrosa, no llevarla a su fin.
En definitiva, la distensión sirvió para presentar una imagen más indulgente de Occidente a los ojos soviéticos, para civilizar a los dirigentes soviéticos mediante la interacción diplomática y para empujar a Moscú a un diálogo sobre los derechos humanos que terminaría socavando su legitimidad, todo lo cual contribuyó a dar fin a la Guerra Fría. Pero éste no era el objetivo principal de la estrategia.
El final de la Guerra Fría tomó por sorpresa incluso a los detractores de la distensión. El presidente Ronald Reagan, es cierto, denunció que hubo complacencias en las décadas de 1970 y 1980 y empezó a hablar de derrotar al comunismo de una vez por todas. Pero incluso la visión de Reagan de enterrar al comunismo sólo fue "un plan y una esperanza para el largo plazo", como expresó al parlamento británico en 1982.
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